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Nuestras vacaciones en Pontevedra

Estas han sido las primeras vacaciones del pequeño. Elegimos Galicia huyendo de los calores del centro de la Península. Ha sido un viaje que ya teníamos previsto hacer en Semana Santa pero el pequeño se puso malo, le pusieron aerosoles como tratamiento y nos desanimamos con el viaje.

Así que cuando llegó el momento de elegir destino vacacional, lo tuvimos claro. Y ha sido todo un acierto. Reconozco que Galicia me daba un poco de respeto y no por el tiempo, que ya se sabe que por el norte necesitas llevar ropa de otra temporada, por si acaso. Me preocupaba más el trayecto en coche, pero la verdad, los dos peques hicieron buen viaje y creo que al estar yo mentalizada de que era un viaje largo y que habría que hacer más paradas de lo habitual, también ayudó a hacer el viaje más llevadero.

Nuestro destino fue Poio, al otro lado de la ría de Pontevedra. Nos alojamos en la Hospedería Monasterio de Poio, un lugar muy tranquilo. No está céntrico ni a pie de playa, pero como sabíamos que íbamos a coger el coche para recorrer la zona no nos importaba.

Yo nunca había estado en esa zona de Galicia, así que me hacía ilusión poder visitarla por fin. Estuvimos una semana. Os cuento lo que hicimos. Al ir con niños, tienes que compaginar sus juegos con lo que tú quieres hacer, así que por las mañanas íbamos de playa y por las tardes paseábamos haciendo de turistas. Debo decir que hemos tenido bastante suerte con el tiempo, que nos ha permitido tanto jornadas de playa como paseos tranquilos sin tener que andar mirando al cielo, por si llovía. Además, las temperaturas muy agradables, que era lo que íbamos buscando.

Desde donde teníamos el alojamiento a cualquier punto todo me parecía que estaba cerca (Debe ser que estoy acostumbrada a las largas distancias de Madrid). Lo único que visitamos que estaba más lejos fue Santiago de Compostela, que tardamos como una hora por autovía.

El primer día que amanecimos allí fuimos a la playa a Sanxenxo por la mañana. Estuvimos en la playa de Silgar. Es una playa urbana, con todos sus servicios, así que fenomenal para cuando el mayor tuviese una “urgencia”. Cuando nosotros estuvimos, a finales de julio, la verdad es que no estaba para nada masificada. La playa es larga y permite pasear, así que mi marido se fue con el mayor a dar un paseo y buscar mejillones (aunque solo trajeron conchas).

 

Por la tarde, estuvimos paseando por Pontevedra. Nos acercamos a una oficina de turismo (Palacete de los Mendoza) para que nos diesen algunas indicaciones sobre lo que no nos teníamos que perder:

  • La Basílica de Santa María: También se la llama Santa María de los Pescadores, porque su construcción fue financiada por el gremio de pescadores. Su estilo es una mezcla del estilo gótico y renacentista. Tiene dos curiosidades: Una es que en la Santísima Trinidad, el Hijo está sentado a la izquierda del Padre. La otra es que en la puerta sur, hay una inscripción, que junto con otros argumentos, sostendría que Cristobal Colón nació en Pontevedra.
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    Santuario de la Virgen de la Peregrina

    El Santuario de la Virgen de la Peregrina: es la patrona de Pontevedra y del Camino de Santiago portugués. Como característica principal, es que su planta tiene forma de vieira.

  • La Iglesia de San Bartolomé: Es una iglesia de estilo barroco jesuítico con influencias italianas.
  • La Iglesia de San Francisco: En una esquina de la plaza de la Herrería, está esta iglesia, que fue fundada por San Francisco de Asís a su paso por Pontevedra como peregrino a Santiago.

Pontevedra tiene un montón de placitas con mucho encanto y llenas de vida. Ahora en verano, además ponen terrazas y la animación está asegurada. la de la Leña, la de la Verdura, la de la Herrería (que es la más céntrica y donde empezaban y terminaban nuestros paseos), la de las Cinco Calles (en una de sus esquinas, hay una placa que recuerda que allí vivió Valle Inclán) y la del Teucro (muy característica con sus soportales).

Pasear por Pontevedra es un imprescindible, además está casi todo peatonalizado o con acceso restringido a vehículos, así que íbamos muy tranquilos paseando con los niños. A Pontevedra fuimos varias tardes, así que descubrimos algún que otro parque que hizo las delicias del mayor.

El segundo día estuvimos en Baiona. La mañana la echamos en la Playa América. Es semiurbana y tiene un punto salvaje, puesto que tiene dunas y la desembocadura de un pequeño río. Al mayor le encantó ver tan de cerca a las gaviotas y ver peces en el pequeño arroyuelo. Además, cuando estuvimos había un campeonato de volleyplaya, con lo cual teníamos musiquilla de fondo, muy animado. Para comer, nos acercamos a Baiona y comimos en un sitio sinigual, el Parador, que está en una antigua fortaleza y con unas vistas impresionantes. Comimos de lujo y con comensales muy especiales, las gaviotas se acercaban a menos de dos metros de nosotros a ver si pillaban algo que se nos pudiese caer de la mesa.

 

Vistas desde el Parador de Baiona

Por la tarde, tras regresar de Baiona, aprovechamos la invitación que nos dieron para visitar el Monasterio de Poio, Nos contaron que aunque no está en la ruta del Camino de Santiago, desde hace algunos años están recibiendo muchas visitas de peregrinos. Tiene unos jardines muy bonitos y muy cuidados y un espectacular hórreo de piedra de los más grandes de Galicia.

 

El siguiente día fuimos hasta O Grove, la isla de La Toja y la playa de la Lanzada. Realmente, queríamos ir a la playa de la Lanzada, pero en algún momento nos pasamos el desvío (Cuando dimos la vuelta, vimos que no está anunciada la playa en sí, sino el aparcamiento), así que sin quererlo llegamos hasta la isla de La Toja, cruzando O Grove. Aquí la verdad yo me llevé un chasco. Me imaginaba la isla y el balneario, nada más. El balneario pensaba que era un bonito edificio de principios del siglo XX… en fin, todo muy bucólico. Nada más cruzar el puente que une la isla con O Grove nos encontramos un centro comercial, una feria, un trenecito turístico y miles de chalecitos adosados… Lo único que encontré que como yo imaginaba era la ermita de las conchas.

 

Parece ser, según he hablado con personas que conocían La Toja, el balneario que yo suponía está al final de una avenida que nosotros no llegamos a recorrer, pero me dieron la razón en que La Toja ya no es lo que fue. Así que deshicimos el camino y buscamos la playa. Puesto que la playa de la Lanzada está en un paraje natural, han dispuesto un aparcamiento que está muy bien organizado, para dejar los coches bien aparcaditos y un camino por el que pueden ir los peatones sin riesgo.

La playa de la Lanzada tiene fama de ser de las más frías de la costa, pero eso no impidió que mis chicos probaran el agua. El mayor, con la escusa de limpiar su cubo y sus palas, entraba y salía cada dos por tres y el pequeño no hacía más que dirigir sus pasos hacia el agua. El padre también se bañó, yo me limité a mojarme los pies.

Al día siguiente, teníamos reserva en una de las navieras que iban de Vigo a las Islas Cíes. Lo de ir en barco tenía al mayor loco de contento y nos decía que éramos piratas. Ir a las Islas Cíes es un buen plan, tanto con niños como sin ellos. Cuando llegas a las islas, tienes la posibilidad de ir directamente a la playa o de hacer algún recorrido. Nosotros, que llegamos en el primer barco y para que no se nos hiciese muy larga la mañana, optamos por hacer un recorrido, el más corto, por dos motivos: el mayor se podía cansar y el pequeño iba en la silla (no, no se nos ocurrió llevar una mochila portabebés y no tenemos fular de porteo).

Ese día no habíamos desayunado en la hospedería, porque teníamos que ir hasta Vigo a coger el barco, que salía a las 9:30, nos habían dicho que teníamos que llegar como una media hora antes para validar los billetes (es recomendable llevar reserva, sobre todo, en verano). Tampoco teníamos muy claro desde dónde salían los barcos, había que aparcar,… en fin, que salimos bastante pronto y con tiempo más que suficiente. Menos mal, porque en el puerto de Vigo nos perdimos, tuvimos que deshacer una parte del camino (nuestro error fue meternos por un túnel) y teníamos que aparcar el coche. No nos quedó otra que meterlo en el parking de un centro comercial que hay cerca de donde salen los barcos hacia las islas. Son “generosos” porque te dicen que la primera hora es gratis, pero como al final echas el día en la isla, son bastantes horas y te cobran el máximo por día, porque estuvimos más de ocho horas. Bien es cierto que por esa zona no hay otro sitio donde dejar el coche (tal vez los que seáis de la zona, conozcáis otros sitios más económicos), nosotros con ese parking “pagamos la turistada“.

Volviendo al desembarco en las Islas Cíes, como os decía no habíamos desayunado, así que tras un buen desayuno en el restaurante que hay junto al embarcadero pusimos rumbo al “Alto del Príncipe”. Es una ruta de unos 3 km (ida y vuelta), con alguna subida bastante suave y aunque el camino está bastante baqueteado, para ir con silla de paseo algunos tramos se hicieron complicados. Pero el pequeño no se quejó nada, iba de lo más entretenido.

Si hubiésemos ido sin niños, habríamos hecho los demás recorridos. Pero con lo que hicimos nos recreamos de la naturaleza de la isla y además la subida nos recompensó al final con unas bonitas vistas.

Así que tras el recorrido, llegamos a la playa y el mayor se dedicó a su actividad favorita en la playa: construir castillos de arena con papá, mientras el pequeño les observaba y si podía se llevaba un puñado de arena a la boca. Ha catado todas las playas en las que estuvimos. Esta playa, que está justo al lado del embarcadero, es la playa de Rodas, famosa cuando en 2007 The Guardian la calificó como “la mejor playa del mudo”, por el color turquesa del agua y blanco de la arena. Además, es una arena “cómoda” porque es algo más gruesa que la arena finita típica, con lo cual se suelta mucho mejor.

Comimos allí (de hecho, a la hora de comer, entre la 1 y las 5 de la tarde, no hay barcos) y mientras comíamos empezó a llover, el famoso “orvallo” gallego, así que no pudimos hacer mucho más hasta que cogimos el barco de vuelta. De vuelta a Vigo, también llovió y el mal tiempo nos acompañó de vuelta al hotel. Tampoco nos importó mucho. Para ese día no teníamos más planes.

Durante el rato largo que estuvimos en la playa, veíamos llegar grupos enormes de gente que desembarcaban de los barcos, pero en ningún momento notamos la isla masificada. Cierto es que está regulado el acceso a la isla y limitado el número de personas, puesto que es un Parque Natural.

 

El último día hacía sol, y aunque el día anterior llovió, decidimos aprovechar e ir a la playa. No queríamos ir muy lejos así que preguntamos en la recepción del hotel. Nos dijeron que la más próxima era la de Combarro (un pueblecito muy cuco con un conjunto importante de hórreos), pero que ella nos recomendaba la playa de Areas, justo antes de llegar a Sanxenxo, porque es una playa muy recogidita y se controla muy bien a los niños. Y allí que nos fuimos. Los niños parecía que intuían que era el último día de playa porque la disfrutaron como ninguna otra.

Por la tarde, decidimos ir hasta Santiago de Compostela. El viaje desde Pontevedra, por la autovía, es una hora aproximadamente, así que salimos pronto y nos quedamos a tomar algo allí para alargar un poco nuestro paseo. Aparcamos en un parking muy céntrico, a apenas unos metros de la Catedral. Hicimos lo típico, dar un paseo por el centro, entramos en la Catedral, pero había misa y apenas pudimos movernos. Una pena que la Puerta del Obradoiro esté en obras, tenemos la típica foto, pero con los andamios.

Dadas las fechas que eran (finales de julio) coincidió con que en Santiago aún estaban de fiestas y por una de las calles más céntricas pudimos ver una concentración de coches antiguos, con sus conductores vestidos de época y todo. El mayor se pensaba que era como en el tíovivo que te puedes subir y quería subirse en todos, al final, se conformó con hacerse fotos delante de algunos.

También paseamos por el parque de la Alameda, donde estaba instalada la feria, con sus casetas y sus atracciones. El mayor se quedó embelesado con una atracción que tenía forma de gusano, pero que era un tren ¡con lo que le gusta a él los trenes!. Para nuestra sorpresa, en ningún momento nos pidió subir, se conformaba con mirar. También vio globos de Bob Esponja, pero tampoco nos pidió ninguno.

A la vuelta desde Santiago, nos llovió bastante, ya no era orvallo. Pero no nos importó, el tiempo nos respetó todas las vacaciones, no podemos pedir más que el último día nos llueva. Así nos daba menos pena volver a casa.

Sin duda, nos han quedado cosas sin ver, así que seguro que en un futuro volveremos por tierras gallegas.

¿Conocéis Pontevedra?

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